La violenta y mal llamada “inmigración irregular”


 

Resultado de imagen de SALTO DE VALLA INMIGRANTES                          Una mema y pseudoprogresista corrección política censura que se califique de “ilegal” al movimiento migratorio de personas que cruzan las fronteras sin atender los requerimientos legales del país de destino, fenómeno al que esta nueva y suicida forma de puritanismo ideológico prefiere referirse con el eufemismo de “inmigración irregular”.

Lo cierto es que no hay casi ninguna actividad humana que no pueda ser acertadamente considerada ilegal si no cumple determinados requisitos; y es un hecho que cuando unas personas cruzan las fronteras de un país sin respetar su legalidad cometen un delito, con independencia del grado de violencia que utilicen o de la finalidad que persigan al hacerlo.

Más aun cuando los inmigrantes utilizan cizallas y mazos para cortar los mallazos de protección exterior e interior de las vallas fronterizas y, sobre todo, cuando utilizan piedras, palos, bolas de heces con cal viva, objetos punzantes, lanzallamas caseros e, incluso, ácido contra los agentes del orden que las protegen. Esto es precisamente lo que ha ocurrido con un grupo de 200 subsaharianos que ha asaltado el perímetro que separa Ceuta de Marruecos por la zona de la Finca Berrocal, el mismo lugar por donde el pasado 26 de julio lograban acceder otros 602 inmigrantes, con una violencia que se viene incrementando en los últimos meses y que este miércoles ha causado heridas a siete agentes de la Guardia Civil.

Desde el Gobierno, la secretaria de Estado de Seguridad, Ana Botella, ha tratado de explicar esta escalada de violencia únicamente por “el cierre de las puertas de salida de los emigrantes de África por el Mediterráneo más oriental y central”, pero lo cierto es que también ha contribuido a ello la sensación de “abandono institucional” que con “rabia e impotencia” han denunciado no pocos agentes de la Benemérita, que reclaman mayores efectivos en la zona, la utilización de material antidisturbios y el arreglo de las cámaras de seguridad.

A ello hay que sumar el efecto llamada de la insostenible e irresponsable política migratoria con la que se estrenó el Gobierno de Pedro Sánchez y de ese discurso buenista que califica de racista, xenófoba e incluso inhumana la legitima represión de la violencia cuando la protagonizan los inmigrantes al cruzar ilegalmente las fronteras. No menos denunciable es, finalmente, la absoluta desidia del Ejecutivo a la hora de exigir mayor colaboración de los Gobiernos de los países de origen o de tránsito, como es el caso de Marruecos.

Aunque Pedro Sánchez haya sacado pecho en su cuenta de Twitter por un inexistente “trabajo de colaboración” en el ámbito internacional, lo cierto es que no se conoce una sola iniciativa gubernamental para recabar la cooperación de un país como Marruecos, lugar desde donde han venido los más de 1.400 inmigrantes que han entrado este año por la violenta vía del asalto a la valla.

Aunque no fuese suficiente para solventar un problema tan profundo y complejo, un discurso que, en lugar de avergonzarse, llevase a la práctica la tolerancia cero con la inmigración ilegal resulta absolutamente imprescindible si queremos que nuestras leyes sean tan respetadas como nuestras fronteras. Y eso empieza por no tildar de simple “irregularidad” lo que es una clamorosa y cada vez más violenta “ilegalidad”.

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