La nueva Gran Vía de Carmena: «zafarrancho» de manteros, ruidos, atascos y caos


En las faldas del edificio Metrópolis, entre las calles de Alcalá y Gran Vía, el ruido de la piqueta marca la entrada al particular «zafarrancho» que se vive a diario en la centenaria avenida. Las obras de peatonalización, acometidas por el equipo de Gobierno que dirige Manuela Carmena y con un coste cercano a los seis millones de euros, han convertido el tránsito a pie en un laberinto de obstáculos difícilmente sorteables.

En la acera de la izquierda, en dirección a la calle de la Montera, las vallas copan gran parte del espacio peatonal a excepción de pequeños recovecos habilitados para las paradas provisionales de autobuses. Los escombros y el material de construcción se acumulan en cada tramo, con independencia de que en el mismo haya o no operarios trabajando. Alejado del esplendor de antaño, el paseo se ha vuelto, ciertamente, insoportable. En la calzada, el asunto no mejora. Una fila de coches esperan parados a que el tráfico avance. «Y así estamos todos los días», exclama un conductor tras la ventanilla de una furgoneta de reparto.

El ensanchamiento de las aceras ha provocado que, de los seis carriles disponibles para la circulación, a día de hoy solo queden tres: dos en sentido de subida y uno de bajada, que pasarán a ser dos una vez avancen los trabajos en dicho flanco. La única vía exclusiva para autobuses y taxis no es inmune a la ratonera. «He venido solo para dejar a un cliente», comenta un taxista, preocupado por la deriva caótica de la arteria: «Antes veníamos muchos compañeros a cargar porque hay bastante gente que necesita ir al aeropuerto con sus maletas; ahora, en cambio, llegas a las 7 de la mañana y está todo atascado. No merece la pena».

Unas manzanas más arriba, en la red de San Luis, el caos alcanza su punto álgido. La reforma de la estación de Metro de Gran Vía se junta con el inicio del tramo más bullicioso. Dado que el sol aprieta, una quincena larga de manteros decide apostarse al otro lado del edificio de Telefónica. El «zoco» es digno de una caricatura. Las sábanas se mezclan con el trasiego de turistas, arrinconados a un costado de lo que hace meses era uno de los enclaves de peregrinaje más populares. «Es un agobio», remarca una pareja de mexicanos antes de perderse por una de las vías aledañas. Para mayor pesadumbre, camino de Callao la estampa se completa con algunos enseres de indigentes «abandonados».

Adiós a la clientela

En esa plaza, una pareja de policías municipales charla amistosamente con un grupo de jóvenes. Como ha venido publicando este periódico, la presión contra el «top manta» es casi inexistente, tanto, que resulta surrealista encontrar a un «vendedor» de camisetas falsas del Real Madrid a pocos metros de la tienda oficial del club blanco. Los comercios, sobre todo los tradicionales, están que trinan. «Desde que empezaron las obras, ha dejado de venir un tercio de la clientela habitual», explican en la perfumería Butragueño, con más de 60 años de bagaje profesional. «Estamos hartos, primero porque nadie nos ha preguntado y, después, porque en lugar de arreglar las cosas lo único que han hecho es empeorarlas», prosiguen sus dueños. Los compradores prefieren marcharse a otro lado, lejos de la incomodidad que presenta la actual disyuntiva.

Además, para mayor irritación del ciudadano, la proliferación de terrazas resulta evidente a medida que los operarios ultiman algunos de los trechos. Ejemplo de ello es el trayecto que une el Palacio de la Prensa con el edificio España, en la puerta oeste de la Gran Vía. Las cadenas de hostelería extienden sus mesas y sillas en la calle, ocupando incluso, en algunos casos, el mismo espacio que el concedido a los caminantes. Otras, rebrotan encajonadas entre las excavadoras de un lado y los andamios que ciertos bloques presentan en el otro. «Si te fijas, están vacías. ¿Quién va a querer sentarse a comer con la polvareda que levantan las obras?», se cuestiona María, quien, en el colmo de lo ilógico, pregunta a un mantero por su parada de autobús habitual. «Está más arriba», responde éste, familiarizado con las múltiples sorpresas que genera la gestión de remodelación del Ayuntamiento.

En ese sentido, desde la coordinadora de asociaciones vecinales de Centro señalan que el plan municipal es un «fraude», orientado solo a la proliferación masiva de un turismo «low cost» que, poco a poco, «ha arrinconado a los vecinos y resto de la ciudadanía». El descontrol es total. Los polémicos patinetes eléctricos avanzan en mitad de una multitud más pendiente de su seguridad, que de disfrutar el paseo. Y, por si fuera poco, los grandes alcorques -carentes aún de cualquier tipo de plantación- apenas dejan margen para evitar las aglomeraciones.

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