Un Gobierno al borde del KO


El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE

El azucarillo de Tezanos en forma de encuesta (el CIS otorgó al PSOE más del 30% en intención de voto, casi 10 puntos por encima del PP), apenas si ha servido para endulzar durante unos minutos la que ha sido otra semana horrible de un gobierno que, con poco más de 100 días en el poder, se tambalea como un boxeador al borde del KO.

La intención de Pedro Sánchez de aguantar y no forzar más dimisiones en su gabinete (como contaba ayer Carmen Torres en este periódico) es voluntarismo puro. Porque lo que le ha ocurrido al presidente en los últimos días es que da la impresión de haber perdido el control de lo que sucede dentro de su gabinete.

Si yo fuera Dolores Delgado o Pedro Duque no dormiría tranquilo. El caso de la ministra Montón es un precedente aleccionador: cinco horas después de haberle dado Sánchez su apoyo públicamente, dimitió.

La ministra de Justicia pende de un frágil hilo: las filtraciones de nuevos episodios de su relación con el ex comisario Villarejo. Incluso aunque Interior o el CNI lograran tapar ese boquete por el que se propaga el hedor de las cloacas del Estado, Delgado ha perdido ya su crédito ante jueces y fiscales. Es ya una ministra zombie.

En cuanto al ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, lo que le ha dejado a los pies de los caballos no es su decisión de poner sus viviendas a nombre de una sociedad para ahorrarse impuestos, sino la declaración del propio Sánchez en la que sitúa la línea roja de la honestidad justo por encima de lo que Pedro Duque reconoce haber hecho.

Lo único que evita que Sánchez adelante las elecciones es precisamente que no puede hacerlo en una situación de tanta debilidad como la que tiene ahora. ¡Quién pillara ese 30% de intención de voto que el cocinero mayor del reino le atribuye al PSOE! Si el pronóstico de Tezanos se lo creyera el presidente ya estaría firmado el decreto de disolución de las Cortes.

Si Sánchez se creyera la encuesta de Tezanos ya estaría firmado el decreto de disolución de las Cortes. Lo único que evita el adelanto electoral es la terrible sensación de debilidad del gobierno

En este escenario marcado por los continuos sobresaltos de un gobierno que ha prometido “limpiar la vida política”, la acción política queda absolutamente en un segundo plano. El acuerdo para la revalorización de las pensiones en función del IPC apenas si ha ocupado unos minutos en los noticiarios. Los ciudadanos están más pendientes de cual será el próximo escandalillo que de lo que pueda hacer un gobierno que no tiene garantías ni siquiera de sacar adelante sus presupuestos.

Recuerda un poco esta situación a la que vivimos en 1994. Con la diferencia de que entonces el sobresalto diario venía provocado por verdaderos casos de corrupción (la cuenta secreta del ex gobernador del Banco de España o los chanchullos del ex director general de la Guardia Civil, Luis Roldán y su escapada de película). Ahora estamos en vilo por la elusión fiscal de un ministro que se dejó asesorar por un listillo, por un máster de pacotilla o por el porcentaje de copia en una tesis doctoral. Mientras el independentismo radical se hace con el control de la calle en Cataluña, la economía comienza a dar síntomas de agotamiento, el sistema público de pensiones entra en zona de peligro, … el país entero se solaza discutiendo sobre si Borrell declara más que los ministros del PP o si Rajoy tiene más patrimonio que Sánchez.

El debate político se ha degradado hasta niveles propios de un reality show.

La nueva política es, en parte, responsable de esta vulgarización que en nada beneficia a los propios políticos que la enarbolan. La sospecha tiene ahora tanto valor como el delito. La presunción de inocencia parece un concepto pasado de moda.

Si hay algo que ha puesto de relieve la grabación de Villarejo en su comida con la cúpula policial, el juez Garzón y la entonces fiscal Delgado es la doble moral que impera en estos tiempos de exquisita corrección política. Un juez que entonces investigaba un sonoro caso de corrupción del PP (Gürtel) escucha embelesado las fechorías de su amigo el comisario. Una fiscal que lleva a gala su feminismo califica sin tapujos a un juez de la Audiencia Nacional (Grande Marlaska) de “maricón” y se muestra partidaria de los tribunales “de tíos”, porque a los hombres  “se les ve venir”.

Este gobierno puede ser el primero desde la muerte de Franco que caiga víctima no de su mala gestión o de los delitos cometidos por sus ministros, sino de la estulticia de un código de conducta que convierte a sus miembros de una congregación laica que persigue la máxima pureza.

Pablo Iglesias le aprieta las tuercas a Sánchez pidiéndole dimisiones de ministros mientras se ofrece como salvavidas. En fin, que quiere ser vicepresidente

Claro que la palanca que llevó a Sánchez al poder no fueron unas elecciones, sino una moción de censura que pretendidamente tenía como fin castigar políticamente al gobierno por una sentencia sobre la corrupción del PP. La ejemplaridad es lo que tiene. Es duro probar el amargor de la propia medicina.

A Sánchez le espera un camino de espinas hasta que no tenga más remedio que convocar elecciones. Sus presuntos aliados le observan relamiéndose de gusto. Los independentistas creen que le pueden sacarle no sólo la libertad de los presos, sino algún compromiso para celebrar un referéndum. Pablo Iglesias se ve ya como vicepresidente. Por eso, al mismo tiempo que le aprieta las tuercas a Sánchez, exigiéndole la dimisión de Delgado o de Duque, se ofrece como salvavidas a cambio de entrar en el gobierno. El líder de Podemos nos recuerda un poco a la pitón Kaa en El libro de la selva.

Con su fino olfato político, Susana Díaz ha detectado la debilidad del presidente (su contrincante en las primarias) y ya cuenta los días para anunciar el adelanto electoral en Andalucía. Quiere que la victoria que espera sea sólo suya, como un aviso a navegantes: “Yo sigo aquí… y no olvido”.

Lo más sólido que le queda a Sánchez es el apoyo del Grupo Prisa. Algo que el PSOE no tenía desde hace mucho. Eso es importante, porque en medio de la zozobra, un medio amigo y poderoso, siempre viene bien.

Pero, ¡cuidado! Hasta El País puede cambiar su línea editorial si el gobierno va demasiado lejos en algunos tics que se han percibido estos días.

Me refiero a las declaraciones de la vicepresidenta del gobierno advirtiendo sobre los límites de la libertad de prensa. Sánchez ya cometió un grave error al acusar a algunos medios de fabricar noticias falsas a cuento de su tesis doctoral. Si ahora la ofensiva es general y se mete a los medios críticos en la supuesta “cacería” contra el gobierno, el presidente habrá obrado un milagro: unirlos a todos en la defensa de algo tan sagrado como es el derecho a la información. Vamos, lo que le faltaba a Sánchez para morder la lona.

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