Sánchez se descompone


¿Cómo van a respetarnos en Europa si el presidente consiente que sus socios catalanes escupan al ministro de Exteriores?

Isabel San Sebastián

La escombrera sobre la que se aupó Pedro Sánchez para alcanzar una poltrona inmerecida se desmorona bajo sus pies. Uno a uno va perdiendo apoyos, a medida que se evidencia la inviabilidad de un proyecto basado exclusivamente en su ambición personal. Una a una van quedando al desnudo sus múltiples lagunas políticas y sus graves carencias éticas. Uno a uno se manifiestan los agujeros negros de su gestión, jalonada hasta la fecha de mentiras, incumplimientos, fracasos y mucha propaganda hueca empeñada en revivir a Franco.

Mientras él va y viene en el avión oficial, ensayando ante el espejo cada sonrisa, cada posado, cada paso y cada gesto, imbuido de un narcisismo rayano en lo patológico, la obra que empezó a construir a raíz de la moción de censura se hunde irremediablemente en el fango. Naufragan, huérfanos de votos, los presupuestos de la vergüenza que su vicepresidente en la sombra, Pablo Iglesias, fue a negociar a la cárcel con un presunto golpista. Le sacan los colores distintos organismos internacionales, encabezados por la Comisión Europea, poniendo al descubierto los cálculos fraudulento que sustentan esas cuentas. No contentos con negarle el respaldo en el Congreso, sus socios de la izquierda separatistas catalana insultan y escupen a su ministro de Exteriores, José Borrell, quien aguanta el salivazo en soledad, mientras él señala acobardado a la bancada del PP en lugar de plantar cara a la que alberga a los rufianes. ¿Alguien se sorprende de que Londres y Bruselas hayan aprovechado esa muestra de debilidad para excluir a Gibraltar del acuerdo final del Brexit y dejarnos colgados de la brocha con vanas promesas? Si el Gobierno de España no se hace respetar, no podemos esperar que se le respete. Los salivazos se pagan caros en la escena internacional cuando el llamado a castigarlos hace gala de su catadura yendo a rendir pleitesía a la dictadura cubana, en lugar de librar a fondo la batalla europea, y remata la jugada eludiendo reunirse con la oposición democrática.

Pedro Sánchez se descompone en su versión presidencial al mismo ritmo que moldea, enamorado de sí mismo, su figura de «premier» glamuroso semejante a Macron o Trudeau. Cuanto más lograda parece esta última, menos base real sostiene al personaje que Susana Díaz no quiere ni ver por Andalucía. No hay miembro (o «miembra») de su Gabinete que haya escapado a la tentación de crear una sociedad instrumental con el propósito de pagar menos impuestos, práctica de la que él abominó cuando presumía de venir a regenerar la vida pública hasta el punto de comprometerse a fulminar a cualquier colaborador culpable de incurrir en ella. «Su» tesis doctoral apesta tanto a falsedad que será investigada en el Senado. Le acaba de dejar en evidencia el abogado del Estado que encabezó la persecución de la trama Gürtel, Edmundo Bal, considerado «progresista», destituido de su puesto por mantenerse firme en su criterio profesional y negarse a firmar un escrito de acusación repleto de falsedades destinadas a rebajar de rebelión a secesión el delito cometido por los golpistas del 1-O.

Y suma y sigue.

Sale de un charco de barro para adentrarse en otro de estiércol. Se aferra al cargo con la desesperación del hambriento, rectificándose sin pudor a sí mismo, porque ahora sabemos, gracias a su fiel Carmen Calvo, que nada de lo que dijo antes de llegar a La Moncloa tenía valor alguno; que Pedro Sánchez líder del PSOE era una persona y Pedro Sánchez jefe del Gobierno otra muy distinta, que se descompone al paso del tiempo.

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