Pánico en el PSOE


Isabel San Sebastián

A medida que crece el voto de la derecha, sube el nerviosismo de alcaldes y presidentes autonómicos, primeros en la línea de fuego

Acreditada la indignidad en la que ha caído el PSOE arrastrado por Pedro Sánchez, cunde en sus filas el pánico a que sobrevenga también la derrota. Pero no una derrota al uso, sino un hundimiento en toda regla; un descalabro municipal y autonómico de proporciones históricas, que deje a millares de cargos electos en el paro y amenace la supervivencia del partido.

No es casualidad que sea José Luis Rodríguez Zapatero quien anime en solitario a su discípulo a perseverar en la vía suicida del diálogo con golpistas y separatistas. Él fue el primero en recorrer, orgulloso, esa senda de autodestrucción que ha conducido al socialismo al pozo en el que se encuentra ahora, perdido incluso el feudo andaluz que parecía inexpugnable a la alternancia. Él eliminó en la práctica la E de «español» de las siglas, para transformar una gran organización política nacional en diecisiete pequeñas taifas ávidas por suscribir pactos con cualquier agrupación local, incluídas las que rechazan abiertamente la Constitución, con tal de ocupar temporalmente el poder territorial a costa de renunciar a los principios. Él proclamó que la Nación era «un concepto discutido y discutible». Sánchez no ha hecho más que seguir sus pasos y elevar el tiro, aupándose hasta La Moncloa con la ayuda de unos socios a quienes se le enseñó a no hacer ascos, por repugnantes que fueran en términos democráticos. Sánchez ha resultado ser un alumno aventajado y, como no podía ser de otro modo, el maestro le impulsa a continuar, hasta el batacazo final. Al fin y al cabo, uno y otro tienen ya asegurada una jubilación dorada en el Consejo de Estado a cargo del contribuyente. ¿Qué más les da lo que pase?

Zapatero cuenta nubes, entre traición y traición a la oposición venezolana, mientras Sánchez disfruta del falcon, el coche oficial y el helicóptero. Si para ello hay que bailar el agua a quienes sacuden el árbol catalán recurriendo a la violencia urbana y a quienes recogen las nueces de esas algaradas desde el Palau de la Generalitat, se les baila. Y el que venga detrás, que arree. En eso consiste la filosofía presidencial. Claro que quienes vienen, o más bien ven venir el castigo electoral, perciben las cosas de otro modo. Presidentes autonómicos, alcaldes, concejales y demás prebostes atónitos ante el afeitado de la todopoderosa Susana Díaz ponen sus barbas a remojar, a la vez que tratan de eludir el golpe desviándolo hacia el que consideran culpable de sus desgracias; es decir, Pedro Sánchez. A medida que crece la expectativa de voto de la derecha, como reacción lógica a los abusos y ofensas del independentismo, sumados a la parálisis cómplice de la izquierda, sube el nerviosismo de los primeros en la línea de fuego, que son los candidatos a las municipales y autonómicas. Saben que alguien ha de cargar con el enfado de la ciudadanía y que, a falta de otro mejor, ellos serán los perfectos chivos expiatorios. De ahí que empiecen a surgir voces entre los del puño y la rosa pidiendo un adelanto de las generales. «Pase de nosotros este cáliz», claman. «Apúrelo el que lo mezcló, en las urnas nacionales» Si a Pedro Sánchez le importara su partido, si pensara en el bien del PSOE o el de España, escucharía esos ruegos y convocaría. Dado que a Sánchez solo le interesa Sánchez, lo más probable es que los desoiga, salvo que sea su propia gente la que le doble el brazo, movida por el terror a recibir la patada. Lo que mal empieza, peor acaba.

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