Otegi y la indignidad socialista


 

A los socialistas les preocupa mucho Franco, que lleva muerto desde 1975, y han montado un espectáculo esperpéntico para ver si consiguen sacarlo del Valle de los Caídos. La verdad es que estaba perdido en las brumas de la Historia y sólo era reivindicado por cuatro nostálgicos que acudían a su tumba. Lo más sensato hubiera sido trasladarlo a una capilla lateral y cerrar la cancela. Con ello nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, aunque Sánchez I el Magnánimo se hubiera quedado sin su heroico gesto de desenterrar al dictador. Creo que si lo consigue se merece una laureada de San Fernando por su heroísmo en el campo de batalla por encima de los exigible a un oficial y caballero. A este paso me temo que la profanación de la tumba será el único resultado, suponiendo que lo consiga, de su agónico mandato presidencial, aunque se puede encontrar con que Franco regrese a la Plaza de Oriente de su mano. Tanto talento me abruma. Y desde luego su equipo jurídico no puede ser más chapucero.

Ahora están inquietos por la irrupción de Vox, que por cierto soñaban con su aparición aunque se han encontrado que han perdido el gobierno de la Junta de Andalucía. El sueño de los periodistas, que son una abrumadora mayoría en nuestro país, y de los medios de comunicación de izquierdas se ha convertido en la peor de sus pesadillas. En cambio, les importa muy poco las víctimas de ETA y los sicarios de la banda. Por ello, le pareció a Sánchez que era muy normal la comilona con Otegi. Una cosa es que tengamos que aceptar que el antiguo dirigente etarra, que no sólo no se arrepiente de su pasado sino que se siente muy orgulloso, esté en libertad cuando tendría que ser un indeseable marginado por los demócratas y otro muy distinto es tragar el colaboracionismo. Es una enorme indignidad.

El presidente del Gobierno dijo el viernes que “ustedes saben perfectamente que en estas fechas al igual que en el preludio de las campañas electorales se suelen hacer fotografías e imágenes de distintos los líderes políticos de todas las formaciones. En definitiva creo que no hay ningún elemento para la polémica”. Es decir no tiene ninguna importancia cenar con un antiguo terrorista condenado por sus crímenes. Fue miembro del aparato militar de ETA desde 1977, condenado a 6 años de cárcel por el secuestro de Luis Abaitua, era sospechoso del secuestro de Javier Rupérez y Gabriel Cisneros, condenado a un año de cárcel por injurias al rey, a 15 meses por enaltecimiento del terrorismo, por el financiamiento de las Herriko tabernas y por el intento de reconstrucción de Batasuna.

Con este historial y lo que no se ha podido demostrar me sorprende que el presidente del Gobierno considere que no hay ningún elemento para la polémica. Lo hay en cambio por la irrupción de Vox, a la que se dedica a estigmatizar con el fervoroso apoyo de sus palmeros meditáticos. No puedo por menos que sentir bochorno. Ni siquiera creo que esté convencido de lo que dice y una vez más prefiere actuar en lugar de descalificar el enorme error de criterio de los dirigentes del socialismo vasco al aceptar tamaña indignidad. Y luego se sorprenderán en la dirección del PSOE de que pierdan apoyos en las urnas. Nadie podría imaginar que un político condenado por corrupción pudiera regresar a la vida política y mucho menos que fuera recibido con risas y alegría. En cambio, un etarra como Otegti es objeto de un cariño que es injustificable. No hay nada que pueda justificar tamaña desvergüenza, desprecio a las víctimas y memoria selectiva por quienes han prometido la Constitución.

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