¿Por qué callan las feministas cuando los violadores no son españoles de raza blanca?


Feministas protestando contra la sentencia de la Manada

feministas protestando contra la sentencia de la manada

Los datos son elocuentes. En los pocos días que llevamos de 2019, dos rumanos violan en Valencia a una chica que volvía de la fiesta de Nochevieja, un guineano viola a una barrendera en Vigo, un ecuatoriano mata a su pareja en Laredo y pillan in fraganti a cuatro ecuatorianos abusando de una joven ebria de 19 años en Alicante. ¡Qué malo son los hombres y qué buena la inmigración!

Entonces, ¿por qué las feministas ignoran habitualmente los crímenes cometidos contra la mujer a manos de personas llegadas mayoritariamente de países donde a las mujeres se les reconoce la misma dignidad que a un lagarto?

La respuesta es obvia; la Tercera ola del feminismo tiene poco que ver con la protección de los derechos de las mujeres y todo que ver con la ingeniería social.

Debido a que la epidemia de violación extranjera no se puede culpar al “patriarcado del hombre blanco” que los grupos feministas radicales tratan de desmantelar, rehúsan las feministas llamar la atención sobre los crímenes contra las mujeres que no están siendo cometidos por hombres blancos occidentales. Una crítica similar también se achaca a las feministas por su obsesión con cuestiones triviales como camisa “sexista” del científico Matt Taylor más allá de cuestiones como la mutilación genital femenina (MGF) dentro de las comunidades musulmanas y africanas.

Además, diciendo en voz alta el sistema de creencia islámica por su trato abominable de las mujeres feministas abriría hasta los cargos de ser racista y políticamente incorrecto de sus aliados ideológicos de izquierda. Las feministas prefieren evitar esta guerra civil retórica a enfrentar la realidad frente a las amenazas reales a la igualdad de género.

Mientras que las mujeres jóvenes de toda Europa están siendo atacadas por bandas extranjeras, feministas como Anita Sarkeesian están gastando millones de dólares en campañas para mejorar la imagen de las mujeres en los videojuegos, que como el escándalo Gamergate ha puesto de manifiesto, no es en sí mismo más que una estratagema solapada para crear amiguismo institucionalizado y reeducar a millones de jugadores jóvenes.

La estafa de los grupos feministas se pone de relieve al ignorar la ola de violaciones que está barriendo Europa, al mismo tiempo que revela el verdadero rostro que caracteriza a la tercera ola del feminismo – la hipocresía rampante y una estrategia de restar importancia y soslayar temas genuinos de derechos de las mujeres que no encajan en el deformado paradigma de culpar de todo al al patriarcado blanco.

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