Ni un minuto más


Pedro Sánchez. | EFE

En un alarde de de contundencia autoafirmativa, Sánchez acaba de anunciar que gobernará hasta 2020. ¿Le ha faltado decir “ni un minuto más”? La aclaración se quedó flotando en el ánimo de su audiencia, a pesar de que toda ella militaba en el PSOE. Solo los más fanáticos, que suelen ser los más ciegos, creen que el partido esté en condiciones de llegar al término de la legislatura con opciones de revalidar una mayoría de Gobierno. El hecho objetivo es que, tras el brinco que le supuso la conquista del poder tras la moción de censura, la cotización política de Sánchez se ha movido en un suave plano inclinado (hacia abajo) sin apenas dientes de sierra. Lenta pero indefectiblemente se desliza hacia el despeñadero.

Se han producido muchos cambios en el paisaje político en los últimos meses pero ninguno beneficia las expectativas de durabilidad del presidente del Gobierno. Él pensaba que el PP iba a salir chamuscado de las elecciones andaluzas y acariciaba la idea de adelantar las generales a marzo para conseguir que llegara calcinado a las municipales y autonómicas del mes de mayo, que eran las de mejor pronóstico para el partido del joven Casado. De ese modo hubiera colocado a la derecha española —ya muy descompuesta tras la cabalgadura exterminadora de Rajoy— en una crisis interna cercana a la autodestrucción. Con su principal adversario fuera de combate —pensaba— todo sería mucho más fácil.

Las cosas, sin embargo, no salieron como él quería. Se cumplió el pronóstico del derrumbe electoral andaluz del PP, sí, pero la extraña lógica de las leyes políticas permitieron que su varapalo en las urnas fuera premiado con la presidencia de la Junta. Ahora el PP camufla sus muñones con los oropeles del poder y el PSOE, vencedor pírrico de una contienda que esperaba ganar con más holgura, lame sus heridas —muchas y profundas— en el infierno de la oposición. La chamusquina cambió de destinatario. El verdugo se convirtió en víctima y la víctima se apoderó de la plaza fuerte más pródiga en votos socialistas desde 1977. El 2 de diciembre, el paisaje político general cambió radicalmente.

Y, para colmo, lo de VOX. El partido de Abascal, aparte de agitar las aguas del conservadurismo español con la furia de un tsunami, ha conseguido deshacer el empate que las encuestas venían reflejando con rara unanimidad entre los bloques de la derecha y la izquierda. Los nuevos no sólo han atraído al torrente de la participación electoral a ciudadanos que hasta ahora veían el espectáculo desde la distancia, sino que ha espabilado a los abstencionistas del PP que habían decidido mandar a su partido, tras la anemia ideológica de los últimos años, a pudrir malvas. Espoleado por la competencia de Abascal, Casado ha recuperado a muchos de esos durmientes con un discurso enardecido.

Cuatro de cada cinco encuestas ya pronostican que la aritmética parlamentaria surgida en Andalucía se reproducirá en todas las Comunidades Autónomas, salvo Cataluña y el País Vasco. El PSOE se encamina a una debacle territorial sin precedentes. El riesgo de que no ocupe ni una sola de las 17 presidencias autonómicas y sólo retenga una decena de las 52 alcaldías en capitales de provincia es tan real como la infausta pájara madridista. ¿Y quiere Sánchez hacernos creer que en esas condiciones, que colocarán a su partido a partir de mayo en un estado comatoso, va a estar en condiciones de seguir siendo el macho alfa de su partido?. Podrá gobernar si se empeña hasta 2020, pero, desde luego, ni un minuto más.

Lamento llegar a esta conclusión, que sé que me costará muchas discusiones con buenos amigos míos, pero la única esperanza que le queda al PSOE (digo al PSOE, no a Pedro Sánchez) para salvar algún mueble es que Abascal siga creciendo y se apodere del timón de la derecha. En esas condiciones, malas para la moderación que España necesita, Ciudadanos no tendría más remedio que mirar a su izquierda —el socialismo no es el sanchismo, insisto—para llegar a acuerdos de Gobierno. Si la derecha preponderante es la de VOX, una boda a la andaluza sería imposible.

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