Podemos ante el espejo: de cómo su mayor éxito puede abocarles al fracaso final


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Errejón en Iglesias en el Congreso. Foto: Efe

“Ellos querían un contrato de adhesión, es decir ‘esto es lo que hay y o lo tomas o lo dejas’. Si lo dejas eres muy malo, porque no haces lo que yo quiero”. La frase no viene del entorno de Íñigo Errejón en referencia al de Pablo Iglesias, ni de Gaspar Llamazares y su grupo de contrarios a la integración con Podemos. Son palabras de hace cuatro años, y las dijo en una entrevista Carlos Martínez Gorriarán, mano derecha de Rosa Díez. Era su forma de dar el enésimo portazo a las negociaciones con Ciudadanos para acercar posturas.

El final de la historia es conocido. El partido de Albert Rivera había puesto en marcha una expansión desde Cataluña al resto del territorio nacional que tuvo como primera prueba de fuego las elecciones andaluzas. En cita UPyD, que entonces tenía hasta grupo propio en el Congreso, se derrumbó, mientras que los naranjas lograron una irrupción histórica que les acabó convirtiendo en el sostén del último gobierno socialista en la región.

En paralelo a todo ese proceso Podemos empezaba a andar su camino. Venían, como Ciudadanos, de un logro histórico en las elecciones europeas, y tras un rapidísimo proceso de constitución habían logrado ponerse en cabeza en las encuestas. No había titular de prensa, entrevista radiofónica o tertulia política televisiva en la que no se hablara de ellos. Eran el fenómeno del momento.

A pesar del viento a favor, las elecciones andaluzas no fueron tan bien como esperaban. La suya fue la mayor irrupción de la democracia en la Cámara, pero las expectativas eran tan altas que les supo a poco. Y en el horizonte asomaban, como ahora, las elecciones autonómicas y municipales. La peor de las noticias para un partido en construcción.

El motivo es sencillo: montar una lista electoral puede ser asumible, pero tener presencia en todas las autonomías y grandes capitales exige una maquinaria muy bien engrasada. Requiere dinero -y si vienen de no tener presencia institucional hay que buscarlo fuera-, requiere organización -y apenas estaban empezando- y requiere convertirse en una empresa con un montón de empleados alineados alrededor de un proyecto.

En Ciudadanos, que para su crecimiento se alimentó de formaciones regionales centristas y de las tropas que huían en manada de UPyD, optaron por ser prácticos: no podían controlar a tantos nuevos sin que se le colaran ‘manzanas podridas’, así que limitaron su participación. Sus resultados, por tanto, no fueron todo lo brillantes que podrían haber sido.

Podemos, por su parte, se sacó de la chistera una idea revolucionaria: no presentarse como partido, pero avalar y dirigir la creación de grupos electorales con candidatos locales. Si la cosa salía bien, les fortalecía; si la cosa salía mal, a fin de cuentas no estaban en su equipo. El resultado desbordó las previsiones: lograron conquistar casi todas las grandes capitales, dando así un impulso enorme a la creación de la marca.

La estrategia, además, tenía otra finalidad. Por más que fueran el partido de moda, era complicado conseguir que gente vinculada a otras formaciones dieran el salto a presentarse bajo sus siglas. Sin embargo, las llamadas ‘confluencias’ pudieron atraer a cuadros de formaciones como IU y sus escisiones, Equo, Anova, el BNG, Izquierda Anticapitalista y gente de movimientos sociales como la PAH. Era la sublimación del proyecto: aunar las muy diversas, aunque convergentes, voluntades del 15M.

Tras el éxito vinieron los problemas. Podemos creció como órgano político y vivió desde entonces en una profunda dicotomía. Por una parte, la necesidad de dotar de una estructura -cuadros, jerarquías, reglas- a todo ese conglomerado de voluntades diversas; por otra, respetar la independencia de esas distintas sensibilidades y sus liderazgos.

No tardaron en aparecer conflictos. El Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, ha sido difícil de gobernar por culpa de las tensiones. La dirección de la formación tomó partido en el País Vasco y Baleares. Las negociaciones sobre la marca se enquistaron en Galicia, que acabó plantándose ante Pablo Iglesias y le obligó a aceptar sus condiciones. Andalucía nunca se dejó manejar y se erigió en feudo de los anticapitalistas.

Las batallas entre pulsiones se volvían evidentes entre Podemos, IA, las distintas sensibilidades regionales y, en último término, con el proceso indisimulado de fagocitación de IU donde las tensiones fueron más evidentes. Que los resultados de Podemos e IU juntos hayan sido siempre peores que los de ambos por separado sólo se explica por el hecho de que muchos votantes dejaran de apoyarles descontentos por la unión.

Iglesias supo en un principio hacer algo que criticaron a Rivera: enseñar otros rostros. Su hiperexposición televisiva se fue compensando con la irrupción de Íñigo Errejón, Pablo Echenique, Carolina Bescansa o, en menor grado por su perfil, Juan Carlos Monedero. Nombres como Sergio Pascual, Irene Montero o Rafa Mayoral fueron apareciendo, junto a perfiles periféricos de Xavi Domènech, Manuela Camena, Ada Colau e incluso Mònica Oltra. Los carteles electorales de las generales eran un coro de caras, una orquesta de candidatos. Sin embargo, Iglesias no supo ceder espacios ni abrir posturas.

El equilibrio en Podemos era demasiado delicado. Iglesias tuvo que elegir entre el control y apertura, entre enroque y flexibilidad. El partido, en estos cuatro años, ha dejado de ser una plataforma política que integra a distintos al estilo del 15M para pasar a ser un partido político con normas fijas y un liderazgo vertical.

Pascual fue eliminado. Echenique, Bescansa y Errejón se fueron enfrentando a Iglesias y, tras ser derrotados, huyeron a buscar refugio en una baronía territorial: Echenique ganó al aparato en Aragón y se reintegró, pero Bescansa perdió en Galicia y Errejón iba a ser maniatado en Madrid para, como ella, desaparecer. El líder les sustituyó por nuevos afines y se construyó un castillo a medida en el que ni comprarse un chalet podía ser cuestionado.

Más allá de las inquinas personales, la ambición, el no haber sabido transigir -uno- y el haber urdido por la espalda -otros-, Podemos está en crisis por una cuestión política. Tras cuatro años, dos convenciones y varias ‘purgas’ internas, el modelo peligra. El problema no es Iglesias, sino el redefinirse para sumar. El proyecto se encaminaba en la mente de Iglesias a un gran partido a la izquierda del PSOE, unificado y alineado en torno al líder. Hasta soñaba con un ‘sorpasso’ que hoy se antoja imposible.

Por algo ese espacio político siempre ha sido inestable y fragmentado: IU crecía o se derrumbaba en función del éxito o fracaso del PSOE, y los nacionalismos tienden a desconfiar de integraciones fuera de su ámbito territorial. Sólo el éxito de Podemos les mantenía cerca. La cuestión ahora es el futuro: ¿sabrá Iglesias reconducir su idea, aceptar propuestas y liderazgos divergentes y transformar Podemos en algo integrador y no excluyente? ¿Será la plataforma de Errejón y Carmena la que, si triunfa en Madrid, pueda hacer crecer ese modelo transversal a otros puntos de la geografía?

De momento, sólo una cosa permanece inalterable en la política nacional: la derecha, por más que se fragmente, sabe llegar a acuerdos sin importar en cuántos partidos esté partida; a la izquierda le sigue falta disciplina y le siguen sobrando personalismos.

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